La Musa de Espronceda (II): Una época de oro del periodismo

Juan Carlos Zapata sacó un papelito en donde estaban los nombres de los heroicos periodistas que habían salido en libertad la mañana del 23 de enero de 1958 y que inmediatamente se convirtieron en los “torturadores de los torturadores”, y de otros célebres que habían cubierto los últimos días de Pérez Jiménez. En la prensa renacida, daban a conocer la identidad y la pelambre de los más perversos, los más sádicos, los más desalmados personeros de la dictadura. Esas valerosas plumas habían emergido de la oscuridad no para lamerse las heridas sino para desnudar el infierno que habían padecido y para apalancar las rutas del devenir democrático del país.

El poeta Andrés Eloy Blanco en “Pesadilla con tambor”, escrito en el Castillo de Puerto Cabello en 1931, había hecho su propia lista de víctimas de Juan Vicente Gómez. Interminables hileras de nombres y apellidos de venezolanos que habían sido degollados, desterrados, torturados, perseguidos, masacrados.

Arcaya.
Carvallo.
Bello. Guerra Bello.
Carecaballo.
Puerto Cabello.

Aristimuño.
Cuartel del Cuño.

El Comisario.
José Rosario.

¿En Miraflores juegan dominó?

Zapata había dejado escuchar esa pesadilla viva del poeta cumanés antes de comenzar su exposición, anoche en un rincón florido de Lavapiés.

Y pidió que lleváramos la cuenta, que rellenáramos las listas, documentáramos los expedientes de los torturadores de hoy. No son más de cien, doscientos, asegura, los más sangrientos.

El libro “De Caracas a La Habana/ Dos misterios de García Márquez con Fidel Castro”, que será publicado en otoño, anoche salió como virgen envuelta en celofán. Su autor se negó a revelar cuáles fueron esos dos misterios. Pero sí excavó en las portentosas ediciones de la revista Momento en las que trabajaron los periodistas colombianos Gabriel García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza (y también los vascos Paul de Garat y Karmele Leizaola, el primero identificado por el régimen franquista como uno de los nacionalistas más peligrosos, y la segunda, una de las más exquisitas diseñadoras gráficas del momento y más allá).

Los reportajes de García Márquez y de Mendoza eran deslumbrantes. En diez años de dictadura nunca se había contado la realidad, toda la prensa era opinión, un dato explicado de por sí era una novedad, una lectoría insaciable sorbía papel y radio mañana y tarde. Plinio pergeñó columnas periodísticas que se convirtieron en manuales para conspiradores, Gabriel hablaba con los curas y les hacía confesar.

Esas ediciones de la revista Momento no forman parte del circulante actual de la Biblioteca Nacional. Por su estado, hay que tratarlas con pinzas y guantes. Según Carlos Hernández, fotógrafo que hizo la curaduría al material gráfico incluido en el libro, el tiempo, la erosión y los parásitos han hecho su trabajo. Zapata rescató esas imágenes.

(Las ponencias fueron grabadas. Se encuentran en proceso de edición.
Fotos de María Elena Velazco, Carlos Hernández y Víctor Suárez. Cámara: Elssen Lombó)